La existencia puede entenderse, en vez de ‘lo que es y no es’ (el ser y la nada) o el ‘ser ahí’, más bien como ‘lo que hay’, el utjaña <haber>, y como ‘estar en’, encontrarse en una condición (de
jaqi, de madre, de blancura…) —espacialmente será ukankaña <estar en ahí> (o ser vacío) y temporalmente ukäskaña <estar siendo eso> (o desaparecer). Pero no basta con ubicarse en una posición, en la vida se busca la complacencia de la estadía, llegar a un disfrute del estar, es el
qamaña —diferente del quechua kamay <fuerza vital>, ánima (a lo mejor el
qamasa aymara), del que derivan ‘crear, mandar, gobernar, normar’; aunque también
qamasa <honra> tiene que ver con ‘ser alabado’ y estar ocupado (Bertonio, 2013). Ahora bien, las condiciones idóneas que propician esa comodidad son pues el lugar —como la
qamaña en el pastoreo o la misma casa, que se extiende a la naturaleza y los animales—, el pasar un tiempo (como un día, o periodos largos), presupone la compañía —por eso qamart’aña es <convivir y compartir con los seres queridos>—, naturalmente la alimentación y, claro, excluye cualquier discordia o perturbación (como puede ser el goce a costa de otros). Y quien puede ofrecer holgadamente tales condiciones es el QAMIRI <el que está en bienestar>, que puede brindar el confort de la estadía. Aunque cada ocupación u oficio pudiera tener su momento de
qamaña (en el pastoreo, en la chacra o en una empresa), pero habitualmente denota <descanso y entretenimiento>, de ahí que
qamaña (como alivio corporal de la fatiga) se contrapone al trabajo, ch’amjasiña <poner la fuerza
para uno>, y el qamiri se asocia con <el que no trabaja>, o incluso quien vive del trabajo de otros. Notablemente no es
t’aqhi <pobre>, sin bienes, roto y sufriente , aunque tampoco se trata de la obtención de riqueza de cualquier modo, como lo puede lograr el JUK’UCHIRI <acumulador> , quien no se conforma con lo que tiene y agarra bienes de manera ilegítima
para sí, o como hace el khurkhu <acaparador>, que se entromete y se apropia. Categorías que podrían ser la clase ociosa y rentista moderna. La opulencia —aun más con el advenimiento del individuo— puede exhibirse simbólicamente en la arquitectura y las fiestas ostentosas, así como en el consumo conspicuo, los gustos distintivos y el uso de espacios exclusivos; entonces la redistribución se vuelve solo filantropía o típicamente —a diferencia de una burguesía ascética dedicada solo a la riqueza— se practica una redistribución simbólica
para ampliar capital social (prestigio, adherentes y contactos), con lo que, de todos modos, la clase acomodada ya es conservadora de la desigualdad.