Ética comunicativa
La exhortación
Si el aru es la expresión de cada uno y el saña es el decir de la comunidad ―como el paso de la filosofía de la conciencia del yo solitario (como Kant) al a priori de la comunidad, ya que el conocimiento presupone intersubjetividad (Apel) [1]―, en cuanto al ‘hacer lo que se debe’ la voluntad de todos o la comunidad de vida se manifiesta, por un lado, en el ‘procedimiento’ de la asamblea, la designación de autoridades o la tumpa [2] y en la ‘sustancia’ del ethos de las normas vigentes y las virtudes de vida buena ―establecidas como kamachi <ley> (cuyo incumplimiento es sancionable) o valoradas como cualidades de ser wali <bueno, bastante>, suma <agradable>, aski <corregido>, kusa <perfecto>, yäpa <apropiado> o wakisiri <necesario> (Laime, 2025)― y, por otro lado, las expectativas de comportamiento son requeridas a los miembros de la comunidad a través de actos de habla regulativos y pedagógicos.

La ética comunicativa aymara se transmite no con imperativos ni órdenes (como a los niños) sino mediante los consejos, como es el IWXA <recomendación> ―su metátesis ixwaña suele enfatizar el ‘encargar, instruir o enseñar’―, cuya orientación desde la sabiduría es para persuadir, reflexionar, prevenir y modificar la conducta; que otorgan los/las mayores a los/las menores en los momentos crítico vitales (como al casarse), pero también cotidianamente.
Es por la preocupación por el otro, por khuyapayaña <compasión>, que se otorgan los consejos y, a la vez, con el propósito de que la persona llegue a ser wali jaqi <buena gente> y se conduzca suma jakañataki <para vivir bien> [3]. No obstante, tampoco es un apremio constante ni una vigilancia insistente. Suele resaltarse que uka mayak jissnaxa <esa única vez podemos decir>, no una y otra vez; de modo que en la vida cotidiana, más allá de reuniones familiares o al asumir un cargo, khitiw jan kamsiriti <nadie sabe decir nada>. La palabra exhortativa posee medida y oportunidad. Eso sí, aparte de los momentos protocolares, es en las conversaciones diarias, con los/las abuelas, las tías, la mamá y el papá, en la casa, en la merienda, en el trabajo, donde las iwxas van transmitiéndose para regular las relaciones interpersonales y cultivar las disposiciones morales del jaqi.
En el discurso conativo el iwxaña, al aplicarse a uno, no es exteriorizar un ‘yo’ ―como el arsuña <manifestar>― sino que iwxsuña <sermonear> es saturar con consejos agobiando al beneficiario, de ahí que tiene que ser oportuno, sin aumentar (no hay iwxxataña); más bien se puede exigir con aprecio (iwxt’aña). Aunque la palabra apelativa se puede alternar, iwxarakiña <exhortar también>, entre varios consejeros hacia los interpelados, pero propiamente no se consensua, porque no es reflexivo ―como sí ocurre con la comprensión: amuyasiña <darse cuenta uno mismo> de lo ético― ni es alrededor (no hay iwxakipaña o iwxthapiña) [4]. Uno puede iwxaniña <ir a encomendar> o puede pedir a otro iwxayaña <hacer exhortar>, aunque no para uno (iwxayasiña) ni uno para otro (iwxarapiña). Es llamativo que el aconsejar no va con sufijos aspectuales, el iwxaña no puede estar iniciando, durando, progresando ni terminando; sino que es una acción puntual y completa, su fuerza ilocucionaria no es procesual sino performativa e interpelativa.
La gramática del iwxaña revela una concepción específica de la normatividad. La comunidad no forma sujetos mediante órdenes permanentes, vigilancia constante o deliberación incesante, sino mediante intervenciones oportunas de una palabra autorizada cuyo contenido ya ha sido legitimado por el ethos colectivo. La exhortación no sustituye el juicio del destinatario; crea las condiciones para que éste llegue por sí mismo a la comprensión ética.
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[1] Aunque falta esclarecer qué es la comunidad ―sería la historia, significados y prácticas compartidas (comunitarista); un acuerdo de individuos o coperación para beneficio mutuo (liberal); la Gemeinschaft de unión afectiva, la communitas de deuda recíproca o el ayllu―, es claro la sustitución del “yo pienso” por el “nosotros argumentamos”, y que una cosa es la comunidad real, histórica y contingente (con intereses y relaciones de poder), pero es otra la comunidad ideal, un presupuesto contrafáctico e ilimitado, donde los interlocutores deciden sobre la validez de las normas en condiciones de simetría y ausencia de coacción, y donde los investigadores consensuan la verdad (Apel, 1991). En la ética discursiva, la Parte A se ocupa de la fundamentación última del procedimiento formal ―una norma solo es válida si puede ser aceptada por todos los afectados― y la Parte B, referida a la historia, trata de la ética de la responsabilidad (no solo de la intención) donde puede haber una mediación estratégica (negociaciones para conservar la comunidad real) con la meta a largo plazo de un diálogo ideal.
[2] En la asamblea ―que es la kumuna, la voz de todos (por encima de lo personal)― es deber de todos participar en las decisiones colectivas, la designación de cargos de autoridad también es obligatoria para todos, por turno y rotación. Sobre la tumpa, véase la nota 398.
[3] La exhortación se entiende como una entrega, aru churaña <dar palabra>, que debe ser acogido por la/el interpelado, katuqasiñapawa <tiene que recibirse>. ¿Cómo se justifica tal otorgación solemne? Es por el vínculo afectivo y anhelo virtuoso: a los destinatarios se dirá que jumanakat sintisaw ukham sapxtamxa <sintiéndose por ustedes es que les dicen así> ―este ‘sintisiña’ remite al sentido de khuyapayaña, sentir la tristeza del otro (por alguna carencia), amparar, evitar el daño y hacerse cargo de su vulnerabilidad; como ocurre con el iñu <huérfano>―, porque es una responsabilidad compartida: jiwasjam jaqïchinixaya <pues va ser gente como nosotros>, además, se orienta hacia un forma de existir ejemplar: wali jaqir uñtasaw sarnaqapxätas <viendo a la buena gente van a andar siempre>. Así, la palabra no es solo es informativa sino generativa, es cuidado ontológico, donde la comunidad participa en la formación del ser de sus miembros.
[4] No es que el contenido ético no sea compartido, sino que el acto de exhortar no tiene forma deliberativa, el consenso es anterior (el ethos comunitario). Lo que se hace es aplicar las normas o poner en vigencia lo vivido por los antepasados ―la “ética de los ancestros” (Calle, 2024)―, en forma de aforismos, preceptos, prohibiciones o guías de acción. P.e. wajcha wawatakix jichhus qalas aruniwa <para el huérfano hasta las pajas y piedras hablan (negativamente)>, kukax janiw q’ara ampararu katuqasiñati <la coca no hay que recibirse en mano pelada>, o sea lo que a uno invitan (coca, pan, fruta…) hay que recibirse en tari <tejido para coca o merienda>, ch’uspa <bolsa> o en la ropa (manta o chompa, pero no sombrero), porque recibir en mano representa vida pelada (sin conseguir nada).


