Achikaña: el ruego
En las relaciones de intercambio (de bienes o servicios) ―más aquí de la venta y compra mercantil, de contrato de conveniencia―, en el encuentro con el otro, el churaña <dar> es una donación, que puede ser waxt’aña <obsequiar> por generosidad, y la waxt’a es un <regalo>, o puede ser luqtaña <extender (con la mano)> por atención, y la luqta es una <ofrenda>. El katuqaña <recibir> es un ‘agarrar y bajar’, como sujetar ―es corporal, pues katu o katuña es mango o asa, pero también encontrar, capturar y detener [1] ―, entonces la recepción es tomar el ofrecimiento, aceptarlo y retenerlo.
Por otro lado, cuando no se está en esa relación de donación, es decir ahora solo en la petición, el mayiña <solicitar> puede expresarse, cuando es ‘de todos para cada uno’, como obligaciones (con el sufijo -ña) ―como al decir lurañawa <hay que hacer> o al exigir (wayt’aña)― o como requerimientos a través de alguna iwxa <exhortación>; y, cuando es ‘para uno solo’, puede tener la forma de órdenes, pues cualquier acción puede expresarse en modo imperativo [2]. Pero cuando el solicitante no tiene poder de coacción o carece de autoridad, y más bien uno se descubre insuficiente o se encuentra en su vulnerabilidad, la petición se realizará a través del achikaña <rogar>.
Cuando alguien quiere hacer algo, pero no alcanza su esfuerzo y necesita la yanapa <ayuda> de otros ―para hacer una pared, labrar la tierra, convocar a trabajo comunitario, bailar en una comparsa, etc.―, puede solicitarla con humildad y respeto. Pero no solo es la palabra de súplica [3], sino que el achikaña <rogar> es acompañado por un presente, siempre hay que invitar puñados de coca ―incluso para simplemente saludar, waxt’añapiniwa <hay que regalar siempre>, ya sea alguna fruta, pan, tostado, dulce, etc.― o, más formalmente, tarit akhullt’ayaña, ofrecer en tari (o ch’uspa) para masticar la coca, que tenga además confites y una pequeña bebida.
Pero el ruego no se exterioriza desde uno ni se ‘recibe’ ―no se dice achiksuña (como sí ocurre con maysuña <sacar pedido>) ni achikaqaña―, sobre todo es afectivo, de ahí que siempre se dice achikt’aña <implorar> o ruwt’aña ―siendo llamativo que con el mismo sufijo el pedido se vuelve deuda: mayt’aña <prestar>―, y es recíproco, pues achikasiña <rogarse> entraña también devolver lo pedido; puede ser progresivo, achikaskaña <estar rogando> y permanente, achikaniña <ir (venir) a rogar>. Cabe aclarar que la súplica no tiene que ver con la piedad o clemencia, de alguien sometido pidiendo misericordia ―la lástima no es justicia― [4], sino que la compasión por el t’aqhi <pobre> [5], el khuyapayaña <compadecerse>, y la bondad están siempre en la reciprocidad [6].
Ese mismo tono de imploración debe tener una autoridad comunal, al pedir a alguien que pueda desempeñar una tarea o al convocar a los comunarios, por ejemplo a una reunión o merienda, que es llullaña <solicitar> o pedir suma arumpi <con palabra amable>, avisar sin sobreentender; porque si no son llamados suelen quejarse janis kamskitix <no dice nada también> y no asisten ―nótese que el ruego no es asimetría que otorga superioridad, sino un reclamo de reconocimiento simétrico [7]. Una vez recibido el ruego, el akhulli, o digamos unos refrescos o pares de cerveza, los solicitados suelen cumplir la tarea encomendada con el compromiso asumido.
Esta súplica se traslada también a la plegaria, la invocación ritual y ofrecimiento de waxt’a <ofrenda> o ‘mesas’, que se hace a la Pachamama, los achachilas, los wak’as y otras deidades, como pedidos para el bienestar o como ‘pagos’ por los beneficios; en la intersubjetividad cosmobiocéntrica.
El achikaña no constituye una simple forma de petición. Es una práctica mediante la cual se actualizan relaciones de ayuda, reconocimiento y reciprocidad entre personas, comunidades y entidades de la Pacha. En el ruego, la vulnerabilidad no degrada; produce vínculo. La deuda que emerge de él no es contractual sino afectiva. Por eso pedir, dar y devolver no son actos separados, sino momentos de una misma trama relacional que hace posible la vida compartida.
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[1] De ahí que katja <agarrado> se refiere al espíritu de la persona que se encuentra atrapado en algún sitio maléfico, y provoca sobresaltos del ánimo de la persona enferma.
[2] El imperativo verbal se expresa con los sufijos -m y -ma, como al mandar saram <vete> o anda, jutam <vení>; también al dictar, churma <dale> o mayisma <pedite>.
[3] La interjección de súplica es ¡mirä! <por favor> ―que, quizás, tenga que ver con miraña <multiplicarse>, tener descendencia los seres vivos―, también están las fórmulas como ¡amp suma! <oye (tú) ‘agradable’> o mirä quli <por favor ‘amable’>, que son vocativos para expresar aprecio a una persona buena y afectuosa.
[4] En el caso extremo de humillación ―p.e. cuando un ladrón quiera matarlo, o es objeto de un castigo severo―, el desamparado puede hincarse, killt’aña <arrodillarse>, y pedir por su vida o el perdón de la culpa. Aunque seguramente el arrodillarse tiene mucha influencia de la cristiandad, con el propósito de pedir perdón a Dios por los pecados.
[5] El t’aqhi <desposeído> ―quizá cercano a t’aqaña <arrancar, separar, rajar>― es el que vive con carencia de bienes, sin la comodidad del rico; pero t’aqhisiña <sufrimiento> también es el dolor de quien padece alguna enfermedad o el tormento de un martirio.
[6] De este modo, la justicia no consistiría en la distribución abstracta de bienes sino en la reproducción equilibrada de relaciones recíprocas.
[7] No es que la queja sea “no me obligó”, sino “no me tomó en cuenta”, el problema es la invisibilización; que no es solo reconocimiento psicológico sino comunal. Existir es ser convocado. El llamado amable define la pertenencia al mundo comunitario.


